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La gastronomía gallega destaca primordialmente por la variedad y calidad de sus productos. Los mil paisajes diferentes que conforman nuestra geografía y la mano sabia y laboriosa de nuestros hombres y mujeres, juntando tradición y modernidad, forman la combinación perfecta para conseguir el producto a prueba de los gustos más diversos y de los paladares más exigentes.

Miramos para el interior y nos vienen a la mente nuestras carnes, la reconocida ternera gallega, bien acompañada por el cerdo y el pollo de corral. Nuestra leche, de una extraordinaria calidad, y sus derivados, especialmente el queso que es uno de los más grandes secretos que tenemos los gallegos. Nuestra variada huerta, nuestras frutas y cereales. La miel, el oro líquido que endulza nuestras vidas.

Pero también podemos acercarnos a la costa y disfrutar de nuestros pescados y mariscos. Al natural o en conserva, la intensidad de su sabor proporciona una experiencia única e inolvidable. Y apelando al espíritu de adaptación a los nuevos tiempos que citábamos antes, nuestras algas, antaño olvidadas y hoy en día demandadas desde lugares remotos.

A tanta riqueza de sabores y aromas no podía resultar inmune a nuestra cocina. El afán de preservarlos, de realzarlos si cabe, dio lugar a lo largo de los siglos a una elaboración en la que prima la sencillez. Los adobados, especias y aditivos son empleados por nuestros cocineros y cocineras con la cautela del orfebre. Preservando siempre la esencia del producto, la intensidad de su sabor.

Y qué mejores compañeros de viaje gastronómico, que nuestros vinos. El albariño, presente en las cartas de medio mundo, es el embajador gallego por excelencia, para nada desmerece el séquito. Cada año son más los expertos mundiales que pasean sus ojos y copas por nuestras bodegas, siendo testigos de los sabores y aromas que hacen que los caldos gallegos triunfen en cualquier punto de la Terra.